El Don
Capacidad de obrar magia con la que nacen unos pocos, y que cada hechizo cobra en años de vida.
Descripción
Nadie aprende magia si no nace con ella. El don permite sentir y mover la esencia, la fuerza que da vida a todo cuanto existe. Pocos niños lo traen, y la mayoría de la gente no conoce a ningún dotado; los demás pueden estudiar toda la vida sin encender una chispa. A quien lo tiene se le llama dotado, y lanzador al que lo ejerce. No hay constancia de que el don pase de padres a hijos, aunque algunas familias cuentan dotados en varias generaciones seguidas.
Cada hechizo se cobra en vida, porque la fuerza que mueve la esencia sale del propio lanzador. Este lo paga con su propio cuerpo, que envejece lo que el hechizo ha costado. Un truco apenas deja huella. Tras un hechizo mayor, un lanzador puede levantarse con canas que la víspera no tenía, la piel más floja y las manos menos firmes, como si hubiera vivido de golpe meses o años.
Nadie sabe de antemano cuánto costará un hechizo. El precio depende de lo que se pide, de la fuerza natural del lanzador —su dote— y de su técnica de canalización. Con mucha dote y buena técnica el precio baja, pero no desaparece: ningún lanzador ha conseguido un hechizo gratis.
Reglas y límites
Los maestros del Colegio de Magos de Vesper ordenan los hechizos en tres grados, según lo que suelen costar a un lanzador corriente:
| Grado | Ejemplos | Precio habitual |
|---|---|---|
| Trucos | Mover objetos pequeños, encender una llama, levitar unos instantes | Casi nada, pero se acumula |
| Hechizos medios | Visión remota, efectos elementales notables, grandes ilusiones, dominar a otros seres y hablar con ellos, curar heridas moderadas, teletransportarse, mover objetos pesados | Unos días de vida |
| Hechizos mayores | Fuerzas elementales o de empuje a gran escala, alterar el tiempo, necromancia, curación avanzada | De meses a años |
La dote se trae al nacer; la canalización se aprende. Un lanzador muy dotado y bien formado enciende una llama sin notarlo y paga apenas unos minutos por un hechizo medio. Uno corriente no se permite ni eso a diario: los trucos también cuentan, y al cabo de los años se notan en la cara.
El cálculo nunca es exacto. La práctica enseña a estimar el precio, pero quien se equivoca lo descubre en el espejo.
Cada uno paga con lo suyo. No se conoce manera de cargar un hechizo sobre la vida de otro, ni de recuperar los años perdidos. Un lanzador puede cerrarse a sí mismo una herida profunda, pero el hechizo le cobra igual que si curara a un extraño.
La ley
En el Reino de Vesperia, la magia es asunto de la corona. La gente común tiene prohibido ejercerla, y solo pueden hacerlo los magos certificados. El colegio examina a los dotados y extiende los certificados, pero las leyes que los rigen salen de la corte.
Tienen permiso los magos del Consejo de Magos de la Corona, los maestros del colegio y sus estudiantes, que solo pueden lanzar entre los muros del colegio. Fuera de ellos, un lanzador con experiencia obtiene el certificado si el colegio lo propone a la corona y esta lo acepta. El consejo recluta a los mejores lanzadores del reino, y a muchos los encuentra en las aulas del colegio, con el que mantiene lazos estrechos.
La ley no se aplica con el mismo rigor a todo. Nadie llama a la guardia porque un vecino encienda una llama en la palma para alumbrarse de noche, ni porque haga rodar una moneda sin tocarla, y la guardia tampoco haría nada si lo viera. Curar, en cambio, está permitido a cualquiera y en cualquier caso. Quien cura a otro le da años de su propia vida, y ninguna ley del reino castiga ese regalo.
Magia clandestina
Muchos dotados no pasan nunca por el colegio y ejercen a escondidas. En mercados y tabernas hay buscavidas que venden un hechizo por unas monedas. Hay maleantes que usan el don para forzar cerraduras o escapar de la guardia, y bandas organizadas que lo ponen al servicio de sus propios fines. Todos se arriesgan a que la corona los descubra.
En la historia y la cultura
Fuera de los trucos, la mayoría de la gente no ve un hechizo en toda su vida. Para muchas familias, descubrir el don en un hijo es una mala noticia. Los padres le enseñan a esconderlo y a no usarlo, por miedo a verlo envejecer antes de tiempo.
El colegio sostiene lo contrario: que quien conoce el precio de su don puede usarlo con cabeza. A sus aulas llegan dotados que aprenden a medir su dote, a afinar la canalización y a saber qué hechizos pueden permitirse.
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